Esta rara enfermedad que tengo

Las enfermedades raras, llamadas así por su escasa frecuencia, son un desafío sin fin para la medicina. Cada semana aparecen cinco nuevas. Ya suman unas 8 mil, incluidas patologías como la atrofia muscular espinal, el síndrome de Prader-Willi o la epidermólisis bullosa. En Chile podrían afectar a un millón de personas en algún momento de sus vidas. Así las enfrentan las familias de los pacientes y los médicos que los atienden.
Hace nueve años, cuando nació Valentina Berríos, sus padres -Giovanni y Paula- no detectaron nada extraño. Pero cuando la niña cumplió 12 meses de vida, se dieron cuenta de que algo no andaba bien. No gateaba ni hacía intentos por pararse. Acudieron a la Teletón y lo primero que les dijeron fue que Valentina sufría una hipotonía, una disminución del tono muscular que con el tiempo iba a pasar.

Pero no fue así. ‘Ahí empezaron a hacerle muchos exámenes’, recuerda Paula. Su hija pasaba los días entre resonancias, biopsias musculares y visitas a una seguidilla de terapeutas ocupacionales, kinesiólogos, sicólogos, fisiatras y neurólogos. El peregrinaje acabó luego de nueve meses, cuando un examen genético reveló qué tenía Valentina: atrofia muscular espinal (AME), una enfermedad que presentan menos de 170 personas en Chile y que ataca las células nerviosas de la médula espinal.

Una patología de la que entonces nadie parecía saber nada. ‘Cometimos el error de buscar en internet de qué se trataba y nos encontramos con un diagnóstico lapidario de niños que se morían a los dos años. Ahí nos morimos nosotros’, confiesa Paula. El miedo creció cuando el primer resfriado de Valentina la hizo caer internada un mes en el Hospital Roberto del Río. Los médicos no encontraban un tratamiento. ‘Pasamos ahí el Año Nuevo de 2012. Todos querían festejar y nosotros estábamos en una escalera del hospital cenando comida china.

Nunca se me va a olvidar’, recuerda Giovanni. La AME es una enfermedad devastadora que se origina en la alteración de un cromosoma. Eso provoca que los músculos del paciente se debiliten y que tareas tan básicas como gatear, caminar, tragar o incluso respirar sean cada vez más difíciles. Por eso en su variante más grave, conocida como AME I, la supervivencia rara vez supera los dos años. Valentina tiene un tipo más benigno, con mejor sobrevida, pero la fisioterapia y otras técnicas sólo sirven para hacer más lento el deterioro de su organismo.

Aunque existe una droga llamada Spinraza que en pruebas clínicas ha demostrado frenar al avance de esta enfermedad, su uso cuesta casi 500 millones de pesos sólo durante el primer año, por lo que según The New York Times, es uno de los medicamentos más caros del mundo. Giovanni afirma que la alternativa sería acogerse a la Ley Ricarte Soto, que opera desde 2015 y entrega una ayuda económica para enfermedades oncológicas, inmunológicas o infrecuentes, pero por ahora la AME no está incluida. El padre de Valentina dice que la otra alternativa es viajar a España donde el Estado entrega la Spinraza. Por eso, él y su pareja han iniciado una campaña en Facebook a través del grupo Todos con Valentina para recaudar fondos: ‘Esta es una carrera contra el tiempo. De aquí a cinco años no sabemos si ella va a estar con nosotros’, explica Giovanni.

Un escenario dramático pero no único, porque la patología de Valentina integra un amplio grupo de enfermedades infrecuentes, llamadas también enfermedades raras: afectan a una persona cada dos mil o más. Según la OMS y la Organización Europea para la Enfermedades Raras, hoy existen entre 6.000 y 8.000 de estas alteraciones que incluyen ejemplos tan extremos como la deficiencia en la ribosa-5-fosfato isomerasa.

Este cuadro, que provoca atrofia ocular y espasmos, es considerado el trastorno más raro del mundo: sólo existe un caso conocido. Además de nombres tan enigmáticos como síndrome Beckwith Wiedemann o enfermedad de Degos, estas patologías comparten otros rasgos en común: el 80% es de origen genético, suelen aparecer temprano en la vida y en su conjunto afectan del 6% al 8% de la población. Por eso en Chile habría cerca de un millón de personas que en algún momento van a presentar alguna de ellas. Además de ser cuadros crónicos, debilitantes y de muy difícil manejo, están en constante evolución: de acuerdo con la organización Rare Disease UK -que agrupa a pacientes ingleses-, la literatura médica describe cinco nuevos trastornos raros cada semana. Eso hace que descifrar qué le ocurre a un enfermo sea una odisea para las familias.

“Esta gente peregrina, peregrina y peregrina. Se estima que entre que surge la sospecha de algo extraño hasta que existe un diagnóstico certero la gente consulta entre 12 y 15 profesionales distintos durante un período de cinco a siete años’, cuenta la genetista y pediatra Fanny Cortés, directora del Centro de Enfermedades Raras de Clínica Las Condes, uno de los centros que atienden a estos pacientes en Chile. ‘Por eso cuando un test da finalmente la respuesta, están felices de saber qué tienen, que es algo que tiene nombre, que no son los únicos y que pueden saber su evolución o quizás contar con un tratamiento; además de contactarse con agrupaciones de enfermos. Lo único que quieren es un diagnóstico’, agrega Cortés. Vida de cristal Recibir la noticia de que un hijo tiene epidermólisis bullosa, enfermedad conocida como piel de cristal, es desolador. Eso vivieron hace 18 años Miguel y Gema cuando nació su hijo Joaquín. ‘Nació por cesárea y noté al tiro que había algo raro. Se lo pasaron a la matrona y venía hecho pedazos. De las rodillas hacia abajo prácticamente no tenía piel, también tenía rotas las manos y parte de la cara.

La matrona nos miró y dijo: tiene epidermólisis’, dice Miguel. El niño fue derivado al Hospital del Profesor, donde estuvo 21 días en incubadora mientras le crecían ampollas por todo el cuerpo. Ni los médicos ni menos su familia sabían cómo tratarlo. ‘En esa época mi hermana pololeaba con un joven que tenía internet en su trabajo. Él se contactó con Debra México (organización que reúne a las familias de estos pacientes y que también opera en Chile), donde le dieron el nombre del doctor Francis Palisson, de la UC, el único que investigaba la enfermedad acá’, recuerda el padre.

‘En el hospital nos dijeron que si lo sacábamos de la incubadora se iba a morir’, dice Gema. Pero lo hicieron y el doctor les enseñó a hacerle las curaciones y a vendarlo. Con el tiempo Joaquín logró vivir con la condición y su madre aprendió a prepararle los baños con sal que son los únicos que no dañan su piel. Joaquín terminó el año pasado el colegio. ‘Al principio era complicado; en el recreo todos salían corriendo y yo me quedaba sentado. Me daba miedo que me botaran’, recuerda. En la enseñanza media le decía a sus compañeros que lo llevaran en su silla de ruedas al patio.

‘Les pedía que me dejaran estacionado en una parte segura. Se iban a jugar a la pelota, pero muchas veces tocaban el timbre y se olvidaban. Yo me quedaba ahí’, bromea Joaquín, quien hoy trabaja en las redes sociales de la Municipalidad de Macul. De acuerdo con el Centro de Genética y Genómica de la Universidad del Desarrollo, la epidermólisis bullosa que afecta a Joaquín es una de las enfermedades raras que más se ven en Chile. A ella se suman el síndrome de deleción del cromosoma 22q11 (cuadro conocido clínicamente como velocardiofacial) y la acondroplasia (principal causa de enanismo).

La primera se da en uno de cada 50.000 nacimientos; la segunda –que causa cardiopatías congénitas y dificultadas del aprendizajese presenta en uno de cada cuatro mil nacidos; y de la tercera hay un caso cada 25 mil. Silvia Castillo es genetista y directora del Centro de Manejo Integral de Enfermedades Raras (Ceminer) que opera desde 2005 en el Hospital Clínico de la Universidad de Chile. Su trabajo la ha puesto frente a algunos de los casos más complejos: ‘El año pasado estuve en Argentina en una convención de fibrodisplasia osificante progresiva, una enfermedad macabra que se da en una persona cada dos millones, y en la que te vas poniendo tieso. Algunos pacientes parecían escuadra porque quedaron en esa posición.

En el cóctel había una mujer cuyo esposo andaba con una minimoledora con la que procesaba la comida y se la daba con una pajilla. La cargaba como si fuera una tabla… el espíritu de supervivencia de estas personas es impactante’. La doctora explica que si bien gran parte de estos cuadros tiene una raíz genética, esa información no resuelve todo el puzle: ‘En su mayoría las mutaciones se dan en familias sanas. Se tiene el falso concepto de que todo es heredado y que se transmite de generación en generación, pero en la mayoría de los casos se da de forma inesperada. Te tocó simplemente.

El problema con la genética es que es bastante más compleja de lo que vislumbramos. No se trata sólo de una mutación aislada, porque está inmersa en tu microambiente interno y tu macroambiente externo’. Por eso, afirma, es importante que existan referencias como el registro nacional de malformaciones congénitas que opera a través del Ministerio de Salud y que pone a disposición de los médicos un catastro de las alteraciones que presentan los recién nacidos: ‘Gracias a esa información vamos a poder determinar si hay malformaciones asociadas a ambientes mineros u operaciones agrícolas’. Mejores diagnósticos Fernanda Krisic (37) tiene el síndrome de Prader-Willi, trastorno genético que se da en uno de cada 10 mil niños y que modifica el funcionamiento del hipotálamo, eliminando la sensación de saciedad. Amalia Balart, su mamá, sabe las consecuencias: ‘Comen y comen y pueden morir comiendo si alguien no los controla.

Esa es la batalla que damos los padres. Hemos vivido siempre con la cocina con llave porque a medida que crecen se van volviendo más hábiles, van robando plata y se meten a la cocina o van al supermercado y roban comida’. Amalia cuenta que estos pacientes suelen morir por complicaciones derivadas de la obesidad mórbida y eso ha marcado la vida de Fernanda, que cuando niña ingresó a un colegio convencional pero sacaba comida de los basureros. Hace unos años empezó a trabajar fuera de su casa y llegó a pesar 120 kilos; hoy se estabilizó en 95. ‘Ahora no va a ninguna parte sola’, cuenta Amalia, directora de la Asociación Nacional del Síndrome Prader-Willi Chile, que registra a más de 170 familias con este cuadro.

La doctora Castillo explica que a pesar de lo dramático de estos casos, existen algunos mitos en torno a las enfermedades raras: ‘La verdad es que del total de estas patologías, sólo un 1,8 por ciento necesita drogas huérfanas, que son supercaras. Un 3,5 por ciento requiere drogas convencionales, como antipiréticos para la fiebre o analgésicos. Y el resto necesita apoyo, rehabilitación y ayuda para incorporarse a la vida normal’. Fanny Cortés agrega que la biología molecular y los tests -que hoy se suelen procesar en el extranjero por su menor costo- permiten ‘cada vez con mayor frecuencia establecer diagnósticos de precisión, para saber exactamente cuál es la alteración. A partir de eso se puede saber la evolución esperada o analizar la manera de modificarla.

Lo que uno quiere en estos pacientes es que puedan expresar su potencial e integrarse, ya sea en el ámbito escolar o laboral, porque algunas de estas patologías no se manifiestan hasta que eres adulto’. Un ejemplo de lo que se puede lograr con exámenes de este tipo es el perfil metabólico neonatal ordenado por el Ministerio de Salud. A todos los niños que nacen en Chile se les realiza un pinchazo en el talón para obtener una muestra de sangre y pesquisar dos enfermedades raras: el hipotiroidismo congénito y la fenilcetonuria. La primera se produce por una falla en la producción de la hormona tiroidea; la segunda, por la ausencia de una enzima que genera una acumulación del aminoácido fenilalanina, presente en alimentos como la leche materna. ‘Sin hormona tiroidea desarrollas retardo mental y si no tienes la enzima para metabolizar la fenilalanina, sus niveles aumentan y presentas retraso.

Pero una intervención de la dieta o darte la hormona cambia tu pronóstico y te conviertes en una persona normal. Si te lo detecto al nacer, no alcanzas a dañarte, por lo que hoy se está planteando que este examen se extienda a 26 patologías’, dice Castillo. Desde que partió este plan en los años 90, se han diagnosticado más de 500 niños con fenilcetonuria y 1.500 con hipotiroidismo, los que sin este test estaban condenados al retardo mental.

La preocupación por estas enfermedades es global. Varios países tienen iniciativas frente al tema. Como el Proyecto 100.000 Genomas, impulsado por el gobierno británico, y que consiste en secuenciar cien mil genomas de personas con patologías raras y ciertas formas de cáncer. Mark Caulfield, científico en jefe de Genomics England –organismo encargado del proyecto-, explica a Tendencias que al ‘reunir todos estos genomas y al seguir a estas personas en sus vidas, seremos capaces de obtener información que hoy no tenemos.

Esperamos que investigadores, académicos y la industria encontrarán indicadores para desarrollar nuevos diagnósticos y terapias futuras más efectivas’. La vía multidisciplinaria Para Álex Catalán y Amparo Gei, tener el diagnóstico de lo que tenía su hija fue lo mejor que les podía pasar. Así lo cuenta él: ‘Cuando esperábamos a Florencia, el ginecólogo nos dijo que venía con una displasia tanatofórica, una enfermedad letal donde los niños viven un minuto o una hora después de nacer’.

El golpe fue fuerte para la pareja, que se trasladó a vivir a Temuco donde otros especialistas matizaron el diagnóstico: la niña venía con una displasia musculoesquelética. Les pidieron más exámenes. Una ecografía más larga -de una hora y media- dio el diagnóstico definitivo: acondroplasia, la forma más común de enanismo. ‘Fue una alegría, un alivio. Nos dimos cuenta de que la diferencia era la estatura, pero iba a estar con nosotros y la íbamos a poder disfrutar’, dice Álex, quien hoy preside la Fundación Acondroplasia Chile, que crearon un año después del nacimiento de Florencia, en 2008. Hoy ella estudia en el colegio George Chaytor English College de Temuco y tiene una vida normal. La única diferencia es que su pieza y su baño tienen adaptaciones para su altura.

Para atender a estos pacientes, los centros especializados han adoptado la vía multidisciplinaria. En la Clínica Las Condes, el organismo que dirige la doctora Cortés partió en 2016 y aunque en un comienzo esperaban recibir unos 80 pacientes al año, hasta ahora han ingresado a 1.200. ‘Lo que hacemos es coordinarles una consulta múltiple. Vienen aquí y los ven todos los especialistas de una vez’, dice la genetista. Para facilitar este proceso, la clínica creó un modelo de consulta inspirado en las instalaciones del Hospital Bambino Gesú de Roma, uno de los centros de referencia de enfermedades raras en Europa.

‘Hay dos estaciones de trabajo. Una para el médico y otra para la enfermera que anota todo lo que se dice. En lugar de una camilla pegada a la pared, hay una en el centro que permite que todos los médicos examinemos al paciente al mismo tiempo. El lugar fue elegido estratégicamente: está cerca del ascensor, al lado del laboratorio, tiene una rampa y baño para discapacitados’, explica la doctora Cortés. Si hay un tema que se repite en las familias con enfermedades raras es el de las dificultades para financiar los tratamientos.

La mayoría pertenece a algún fondo de Fonasa, debido a que la preexistencia de la enfermedad de sus hijos hace que no sean aceptados en las isapres. Por ejemplo, Gema Campos, madre de Joaquín Morales, dice que las vendas, apósitos, cremas y parches especiales para lidiar con la piel de cristal pueden costar un millón de pesos. ‘Nosotros gastamos entre 300 mil o 350 mil pesos mensuales porque en la Fundación Debra Chile recibimos un aporte para conseguir materiales más baratos’, cuenta. Los investigadores y las familias coinciden en que, a futuro, herramientas como la edición genética – método conocido como CRISPR-, además de nuevos tests neonatales e incluso en la fertilización asistida y el aumento de la cobertura de la Ley Ricarte Soto, van a mejorar el diagnóstico y la sobrevida de estos pacientes. Pero también admiten que la sociedad sigue al debe en cuanto a su inclusión.

Es lo que dice Álex Catalán, quien ha conocido varios casos de discriminación en su rol de presidente de la Fundación Acondroplasia Chile: ‘Me dicen que sienten las miradas, rechazos e incluso a algunos les han pegado porque sí’. Una experiencia que la doctora Castillo también ha visto: ‘Recuerdo una paciente que me decía que era la mejor alumna y la candidata ideal para ser ayudante, pero no la elegían porque era fea. Eso provoca una injusticia y una rabia que no tienen reparación. De esos casos hay miles y conmueven’.T

“Se estima que entre que surge la sospecha de algo extraño hasta que existe un diagnóstico certero, esta gente consulta entre 12 y 15 profesionales distintos en un período de 5 a 7 años’, cuenta Fanny Cortés, directora del Centro de Enfermedades Raras de Clínica Las Condes.

“Esta es una carrera contra el tiempo. De aquí a cinco años no sabemos si ella va a estar con nosotros’, explica Giovanni Berríos, padre de Valentina, niña de nueve años que tiene atrofia muscular espinal (AME), enfermedad que presentan menos de 170 personas en Chile.

Joaquín, de 18 años, trabaja actualmente en la Municipalidad de Macul.

Una dosis del fármaco para tratar la atrofia muscular espinal vale 175 mil dólares

La decisión

Varias de estas familias enfrentan la decisión de tener otro hijo, sabiendo que ya tienen uno con alguna de estas enfermedades infrecuentes. Eso le pasó a Gisselle Méndez y Jaime Fierro, papás de Cristóbal (8), quien tiene osteogénesis imperfecta, más conocida como huesos de cristal. Hace dos años, Gisselle quedó embarazada de Bruno, su segundo hijo. ‘Siempre estuvo el miedo. Ningún sicólogo o siquiatra te va a solucionar el miedo a que tu hijo se fracture en cualquier momento, pero Bruno era una guagüita muy activa que se movía en la panza. Pensé que no le iba a pasar lo mismo’, cuenta. El niño nació bien, parecía una guagua normal. Hasta los ocho meses. Giselle cuenta que la primera fractura de Bruno fue a esa edad, igual que su hermano Cristóbal. ‘Lo dejamos en el andador y se fracturó’, recuerda. ‘Llegamos a la clínica, le tomaron radiografías y antes de que llegara el médico pedí verlas. Se las mostré a Jaime y nos pusimos a llorar abrazados. ¿Por qué a nosotros?’. Ambos sabían lo que viven los niños con huesos de cristal: cirugías para poner clavos dentro de la médula de los huesos para evitar fracturas y corregir el crecimiento, además del tratamiento con un medicamento que mejora la densidad ósea. En estos dos años y medio de vida, Bruno ya se ha fracturado quince veces. Su madre sabe cómo lidiar con esta fragilidad de sus hijos. En detalles tan simples como la vestimenta. ‘La ropa ajustada les puede generar fracturas, los bluejeans los odio porque son muy duros, los zapatos tienen que ser muy livianos. Hay que conseguir ropa con cierre para que no tengan que levantar los brazos y correr el riesgo de fracturarse los húmeros’.

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