Inyectarse anabolizantes

Construir músculo. Estas dos palabras resumen la meta, la obsesión de todos los atletas que compiten en especialidades de potencia, ya sean velocistas, saltadores o lanzadores. En las ciencias biomédicas se conoce como anabolismo esta acción de construcción de tejido muscular, esta suerte de aumentar la arquitectura de las fibras para ganar en potencia, en velocidad, en fuerza. La inyección de sustancias anabolizantes es la imagen más explicativa del do-paje, el grado máximo de la trampa en el deporte.

La adulteración de la limpieza en la competición, por un lado, y sus importantes efectos secundarios para la salud (cáncer, enfermedades de hígado y corazón) son los que movieron a su prohibición en el deporte en los años setenta. La historia de los anabolizantes arranca en 1954 con aquella conversación mítica en una cervecería de Viena en la que el doctor John Ziegler, médico de la selección estadounidense de halterofilia, emborrachó al médico del equipo soviético hasta que confesó la razón de la tremenda progresión de los levantadores de pesas rusos en aquellos Mundiales. “Les inyectamos testosterona”, terminó admitiendo tras una buena dosis de alcohol ofrecida por su colega americano.

¿Qué significa la inyección de GHRP-6? En primer lugar, un fraude deportivo, una trampa que busca el triunfo ante los rivales de forma ilegal. El growth hormone release peptide-6 no es ni más ni menos que una molécula, de naturaleza proteica, cuya acción consiste en la liberación de una cantidad superior de hormona de creci- miento. Ésta a su vez potenciará los niveles del factor de crecimiento de la insulina (IGF-1) para que se produzca un efecto anabolizante de forma artificial, un fortalecimiento muscular con pérdida de grasa logrado a base de inyecciones subcutáneas. La noticia del desenmascaramiento de un caso de dopaje tiene dos lecturas.

La primera es positiva, supone un éxito de la lucha contra la trampa en el deporte y una excelente noticia para las rivales que compiten con limpieza. La segunda es triste, porque supone una gran mancha sobre el historial de una gran atleta como Natalia Duco. La decisión de acudir al dopaje siempre suele ser mixta, con un entorno de preparadores, pseudomédicos o fisioterapeutas que terminan creando una atmósfera que empuja y convence al deportista para caer en la trampa. “El verdadero dopaje es el dinero”, afirmaba lleno de sabiduría el entrenador italiano Sandro Donati. Dinero, trampa, ambición, miedo al declive físico. El dopaje es una trampa fea y triste, vieja como la humanidad.

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