Los implantes me dieron cáncer

21/4/18

Se calcula que 10 millones de mujeres en el mundo tienen implantes mamarios y muchas veces la ciencia ha indagado si provocan daño en la salud. Las últimas investigaciones aseguran que sí y han demostrado que existe relación entre un extraño tipo de cáncer asociado a las prótesis. Se llama Linfoma Anaplásico de Células Grandes (LACG): ya hay más de 400 casos registrados en Estados Unidos y en Chile se han contabilizado seis mujeres que han debido removérselos por esta causa.

Pamela (49, quien pide reserva de su apellido) es una atractiva ejecutiva de ventas. Alta, delgada y tonificada, hace 6 años le faltaba solo una cosa para conseguir la silueta perfecta: unas flamantes pechugas que resolvieran su “planitud”. “No quería parecerme a la Dolly Parton, así que me decidí por unos implantes de 220 cc”, dice. Su nuevo escote, turgente y empinado, le permitió usar poleritas strapless sin sostén durante los veranos, uno de sus anhelos. Jamás tuvo problema con las prótesis. Tampoco fueron obstáculo para poder amamantar a su primer hijo, hoy de 3 años. Eso, hasta que nació su segunda guagua y tuvo complicaciones con el postoperatorio de su cesárea. Por un mes, Pamela estuvo internada de gravedad en la clínica.

Ya recuperada, en enero pasado acudió a su ginecólogo para su examen habitual de mamas. “Una de las indicaciones médicas después de ponerse los implantes es controlarlos periódicamente. Con esto soy súper estricta porque, además, una hermana tuvo cáncer de mamas, entonces jamás me salto un chequeo”, cuenta.

Fue en ese control de rutina cuando la ecografía arrojó un ganglio inflamado en la axila. “No pesqué. Atribuí esa inflamación a mis bajas defensas, tras todo el tiempo que estuve hospitalizada”, dice. Pero a los dos meses el ganglio era un bulto que duplicaba el tamaño de una canica. “El ginecólogo me dijo: ‘O no tienes nada o tienes un cáncer’”. La frase la dejó helada por un segundo. Acordaron una cirugía para extraer el ganglio y mandarlo a biopsia. Pasó un mes –en que se mandaron sus muestras a un laboratorio en Estados Unidos– y no obtuvo un diagnóstico certero.

Buscando un especialista, llegó hasta la consulta de Alejandro Berkovits, hematooncólogo de Clínica Alemana, quien analizó la biopsia y le indicó un PET –técnica de diagnóstico que a través de imágenes muestra el metabolismo y el funcionamiento de tejidos y órganos–, que confirmó lo que tenía: Linfoma Anaplásico de Células Grandes (LACG). “Apenas retuve la información que me dijo y voluntariamente tampoco quise entenderla. Lo que sí me quedó grabado es que este no es un cáncer de mama sino un extraño linfoma –dicho de otro modo, un cáncer que afecta a las células de defensa– asociado a los implantes y lo más importante: que de esto no me iba a morir”, recuerda Pamela mientras juega con las extensiones de pelo que cuelgan del pañuelo con que cubre su cabeza, tras someterse a cuatro sesiones de quimioterapia.

Hace una semana se removió los implantes para iniciar más de 20 sesiones de radioterapia. “Aunque ya vencí a este cáncer, por las dudas vamos a rematarlo”, cuenta optimista.

Una de 30 mil
Recién en 2016 la OMS describió y tipificó a este cáncer como “Linfoma Anaplásico de Células Grandes asociado a implantes de mama”, tras ser identificado en 2011 el primer caso en Estados Unidos. A este se sumaron diversos estudios, entre ellos el de la FDA (Food and Drug Administration) que el año pasado publicó sus conclusiones. “Se trata de un cáncer que afecta a los linfocitos T, las células del sistema linfático, que combaten infecciones y enfermedades. En un linfoma común, estas aparecen en cualquier parte del organismo. Pero en aquel vinculado a implantes, las células cancerígenas aparecen dentro de la cápsula fibrosa, que es la capa que el organismo genera de forma natural alrededor de la prótesis como una defensa inmunitaria de aislamiento ante un cuerpo extraño”, explica el hematooncólogo Alejandro Berkovits, quien es enfático en aclarar: “Esto no es un cáncer de mama, puesto que las células cancerígenas no aparecen en el tejido mamario”.

Desde que llegó a la Clínica Alemana, en 2014, al doctor Berkovits le ha tocado tratar cuatro casos de mujeres con este linfoma. Y sabe de otras dos más. En total, seis chilenas. Aunque no es oficial, es la única cifra que se maneja en Chile sobre el asunto. “En parte porque es una enfermedad extremadamente rara. No se conoce, además, exactamente por qué se produce”, dice el especialista, quien no descarta que pueda haber otras mujeres sin diagnóstico.

La situación mundial no es tan diferente. Según un reporte que en marzo pasado publicó la FDA, en Estados Unidos hay 414 casos y 9 de ellos han registrado muerte. Una cifra poco abultada si se consideran las casi 3 millones de mujeres que en ese país tienen prótesis. “Su frecuencia es bajísima, de 1 caso por cada 30 mil mujeres con implantes. De hecho, es más probable que a una mujer le dé cáncer de cualquier otro tipo antes que este”, dice Berkovits. Y agrega: “Es un cáncer de buen pronóstico, que se presenta entre 8 a 10 años después del implante, en mujeres de 45 a 50 años, cuyos síntomas más comunes son el aumento persistente de volumen de una mama y dolor o sensibilidad alrededor del implante. En casos menos frecuentes se identifican bultos en la mama o en zonas adyacentes a ella”, explica. Y aclara: “En ambos casos el linfoma se detecta a través de ecografía mamaria, no de mamografía”.

En el primer caso, la inflamación se debe a la presencia de un seroma –acumulación de líquido– en la cápsula fibrosa que, al puncionar y analizar, arroja presencia de células cancerígenas. “Aquí el tratamiento no es más que extraer el líquido, la cápsula fibrosa y las prótesis”, explica Berkovits. Más infrecuente, es el segundo caso, cuando la paciente se palpa un bulto. “Esto significa que las células cancerígenas traspasaron la cápsula y pueden invadir otros tejidos como ganglios o masas comprometidas se podría tratar de manera más intensiva con quimio y radioterapia”, agrega.

Implantes rugosos
Desde que hace más de 50 años se colocó el primer implante en Estados Unidos, hoy se calcula que en el mundo más de 10 millones de mujeres tienen prótesis, según la Sociedad Americana de Cirugía Plástica. Aunque al principio abundaron los reclamos de quienes afirmaban haber desarrollado diferentes enfermedades a causa de la silicona que rellenaba sus implantes –entre ellas cuadros reumáticos, jaquecas, artritis y lupus–, fue el debate de si estos causaban o no cáncer de mama el que más se abordó por la comunidad médica en los 90. Todo lo anterior quedó descartado y las agencias de salud del mundo aseguraron su inocuidad, especialmente porque la cirugía se ha vuelto más sencilla; se demora entre 1 y 2 horas y una mujer se puede operar el viernes y estar trabajando el lunes. También porque la tecnología avanzó hasta crear prótesis texturizadas para que no se encapsulen –el endurecimiento de la cápsula fibrosa que se genera alrededor del implante y que sigue siendo el mayor problema de quienes se ponen pechugas–; de membrana gruesa para que no se rompan ni hayan filtraciones y de silicona cohesiva. “Si cortas el implante, el gel no se desparrama, como sí ocurría con las prótesis de los 80”, explica el doctor Claudio Thomas, presidente de la Sociedad Chilena de Cirugía Plástica (SCCP).

Hoy, se usan implantes tanto de superficie lisa, como de superficie texturizada o rugosa, que se adhieren más al tejido que genera el cuerpo alrededor del implante, lo que hace que se muevan menos a largo plazo y no puedan rotar. Estos últimos son también llamados implantes anatómicos porque tienen la forma natural de la mama –en forma de gota de agua o de cono– y son los más utilizados por quienes recurren al procedimiento. Hasta ahora eran seguros, pero los estudios de la FDA reconocen que la prevalencia de linfoma es más frecuente en mujeres con este tipo de prótesis, aunque afirma que no se puede asegurar que los implantes texturizados sean la única causa de la enfermedad.

“El mecanismo por el cual el implante activa la enfermedad aún está en el terreno de la especulación y requerirá de intensos estudios”, afirma el doctor Berkovits. Entre las hipótesis se barajan, por ejemplo, desde la predisposición genética de algunas pacientes hasta la contaminación del implante durante la manipulación intraoperatoria. “Las causas más aceptadas es que existen microfiltraciones del implante y los linfocitos atacan ese material que desconocen, experimentando cambios genéticos que los transforman en células tumorales al estar expuestos a algún agente tóxico. Por otro lado, el efecto de estimulación que la rugosidad del implante genera sobre el tejido puede actuar como un irritante. Otra posibilidad es que se genera una película de bacterias especiales alrededor del implante, que podrían estar asociadas a la enfermedad. Sin embargo, aún se desconoce por qué se produce”, detalla.

“Aunque aún no hay certezas, los estudios al respecto son extraordinariamente serios. Estamos frente a un problema médico, un acertijo científico y a la vez un enorme dolor de cabeza para la industria de implantes que se ha visto cuestionada”, agrega Jorge Gallardo, oncólogo de Clínica Indisa y presidente de la Fundación Chilena para el Desarrollo de la Oncología.

Al hilo de estas informaciones, el doctor Thomas agrega: “Los implantes siguen siendo seguros. No se ha encontrado ninguna conexión entre la enfermedad y el contenido de los implantes –solución salina o silicona–; ni con la técnica utilizada para colocarlos –sobre o debajo del músculo– ni tampoco hay diferencias entre quienes reciben un implante por razones estéticas o en aquellas que lo recibieron durante la cirugía reconstructiva después del cáncer de mama”, detalla. Y aunque la asociación de implantes rugosos con linfoma aún está en evolución, el doctor es enfático en no generar alarma. “Se ha dado la indicación a los cirujanos plásticos acreditados que deben informar a los pacientes de esta rara enfermedad previo a decidir la cirugía. Y quienes tengan implantes deben acudir a su control regular mediante ecografía mamaria anual, no tanto por la incidencia de linfoma, sino porque no existen implantes mamarios definitivos, ya que todos pueden tener ruptura o alguna complicación. Por esto, no se estima una fecha de caducidad, pero sí el control rutinario de rigor”.

Al detectarse el linfoma y retirarse los implantes, dependerá de la paciente si quiere o no volver a ponerse nuevas prótesis. “Como la frecuencia es tan baja, es poco probable que la paciente vuelva a hacer un linfoma, por lo que habitualmente se extraen los implantes y su cápsula”, dice Berkovits.

Es el caso de Pamela, estará 6 meses sin implantes para someterse a radioterapia. Luego de ello, está convencida en volver al quirófano para ponerse nuevas pechugas. “Esta vez me pondré implantes de superficie lisa y voy a elegir unos más chicos, aunque mi marido quiere que me ponga el mismo tamaño que tenía antes del linfoma. En mi entorno todos me dicen que no me ponga, pero no me da miedo que esto vuelva a aparecer, ¿cómo tanta mala suerte? Si retrocediera a 2012, cuando me las puse, lo volvería a hacer”, sentencia.

Que me caiga un rayo
Ocurrió en el verano antepasado. Macarena Hartad (49) estaba en la piscina tomando sol con su hermana, cuando ella le dijo: “Tienes como un cototo en la pechuga”. Por el escote de su bikini se asomaba una protuberancia que, hasta ese entonces, Macarena no había detectado. Llevaba 14 años con sus implantes de 330 cc y sin ninguna complicación, desde que se los puso para sorprender a su marido para su cumpleaños 40. “Reconozco que me dejé estar porque no iba a mi control anual de prótesis. Como nunca tuve problemas, como que una se olvida que tiene pechugas falsas puestas”, dice Macarena. Pero ante la insistencia de su hermana, consultó. “Tienes un edema de agua”, le dijo su ginecólogo, quien como precaución le recomendó cambiar los implantes porque ya los llevaba por más de una década. “Decidí ponerme unos más chicos porque ya me había cansado de tanta pechuga. En la cirugía, cuando me abrió para sacarme los implantes, el doctor vio una bola que sacó por completo y mandó a biopsiar”, cuenta Macarena, quien se fue feliz de viaje con su renovado escote. Un mes después ya estaban listos los resultados: Linfoma Anaplásico de Células Grandes asociado a implante de mamas.

Macarena fue derivada a un oncólogo, quien de inmediato sugirió quimioterapia. “Me la tiró sin filtro: que tengo que ponerme un catéter, que iba a quedar pelada, así que mejor me cortara el pelo porque se me iba a caer todo. Quedé para adentro”, recuerda. Buscando una segunda opinión llegó hasta la consulta del doctor Berkovits. “Lo primero que me hizo fue un PET que arrojó que estaba todo bien y que, afortunadamente, todo el cáncer había sido removido en ese bulto que me sacaron. No había indicación de quimioterapia, salvo internarme cada 3 meses para volver a hacerme el PET y así monitorear que la enfermedad estaba en remisión. Así estuve todo el año pasado. En uno de esos exámenes salió que el ganglio centinela, que está en la axila, estaba un poco alterado. Solo por precaución me lo extirparon”, detalla.

Para asegurarse de erradicar la enfermedad, Berkovits indicó, además, remover los implantes. “Llevaba recién un año con mis pechugas nuevas y me resistí a sacármelas. Eso hasta que mi marido me dijo: ‘A ti te quiero con o sin pechugas’. Entonces, pensé en él y en mis tres hijos antes que en los implantes”. En el verano pasado Macarena se los sacó y le hicieron una reconstrucción mamaria con su propio tejido.

“Jamás había escuchado de un cáncer asociado a los implantes, ni siquiera sabía que el cuerpo podía rechazarlos. Hago mi mea culpa porque nunca me informé lo suficiente sobre las implicancias de tener prótesis”, dice Macarena, quien apenas supo de este cáncer llamó a todas sus amigas con pechugas falsas para advertirles. “A ellas les digo: ‘Te cuento mi historia no para que te las saques, sino para que te controles periódicamente porque a mí, menos mal, me lo pillaron a tiempo’. Sé que la probabilidad que me diera este cáncer es la misma probabilidad que me caiga un rayo en la cabeza. Si volviera atrás, lo pensaría dos veces antes de ponerme pechugas. Al fin de cuentas, ya el hecho de someterse a cualquier cirugía por mera vanidad es jugar con fuego”.

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